
© de la imagen: Glo
Era una ciudad anegada por la lluvia, y como contrapartida, una llena de flores. Macetas en balcones y alféizares de ventanas, bajo porches de rotondas y plazas, en vestíbulos de grandes edificios, sobre la mesa del comedor de salones de viviendas. En cualquier sitio resguardado del diluvio. Colores imposibles y fragancias embriagadoras como acicate para seguir tirando. Venían en camionetas y motocarros de manera regular, para reponer las que no pudieron sobrevivir, y para sustituir las que ya no cumplían su función.